Ruanda, a 20 años del genocidio

Reproducimos la nota publicada en Tiempo Argentino sobre el aniversario del genocidio en Ruanda

27.04.2014 | la mayoría hutu agredió, torturó y casi aniquiló a la minoría tutsi

 En 1994, el avión en el que viajaba el presidente ruandés Juvénal Habyarimana fue alcanzado por un misil y se desató la tercera matanza masiva del siglo XX: en un lapso de unos 100 días se registraron unos 800 mil muertos.


El pasado 5 de abril se cumplieron 20 años del genocidio en Ruanda, uno de los episodios más trágicos de la historia reciente, en el que el 85% de la población hutu prácticamente eliminó al 15% tutsi. Fue la tercer a matanza masiva más importante del siglo XX, después del Holocausto y del genocidio armenio. Todo comenzó cuando el presidente ruandés, Juvénal Habyarimana, fue alcanzado por un misil mientras viajaba en un avión junto con su homólogo de Burundi. Fue tal la ola de violencia desatada a partir de ese momento que, durante 100 días, se registraron más de 800 mil muertes. La mayoría hutu agredió, torturó y aniquiló de manera sistemática a la minoría tutsi con un único objetivo: exterminarla. En un informe especial, el diario español ABC describió los métodos utilizados contra las “cucarachas tutsis, como se las calificaba en la Radio Mil Colinas, que llamaba abiertamente al asesinato colectivo, razón por la cual algunos de sus periodistas cumplen ahora cadena perpetua”. El periódico enumeró las prácticas a las que acudieron los hutu: “Relaciones sexuales forzadas con mujeres infectadas con sida, extremidades amputadas a golpe de machete, violaciones masivas, cientos de personas quemadas vivas en recintos cerrados o ejecuciones de niños y bebés.” Entre ambos grupos no había ningún rasgo étnico ni lingüístico que los diferenciara. Lo que existía era una serie tensiones históricas que se habían iniciado en el siglo XV, cuando los tutsis invadieron Burundi, de donde son originarios los hutus. Los tutsis, en su mayoría ganaderos, habían sido favorecidos por los colonialistas alemanes, y cuando estos fueron derrotados en la Primera Guerra Mundial, fueron sustituidos por los belgas, que continuaron con esa políticade dividir para reinar, en detrimento de los hutus. Ese fue el escenario en el que nació el odio entre hutus y tutsis. Luego Ruanda y Burundi obtuvieron la independencia de Bélgica en 1962 y los enfrentamientos entre ambos grupos étnicos se fueron intensificando. Según un informe de Amnistía Internacional, más de medio millón de hutus fueron ejecutados antes del genocidio, entre 1965 y 1991. Según reconocieron líderes internacionales, la brutal matanza no fue tomada con la seriedad que merecía. “Ni la secretaría de la ONU, ni el Consejo de Seguridad, los Estados miembro o los medios de comunicación prestaron la atención necesaria a las señales que anunciaban la catástrofe”, admitió el entonces jefe de la ONU, Kofi Annan. Años después, muchas de las historias que aún marcan las cicatrices del país africano fueron escuchadas en la Corte Internacional Penal para Ruanda, un tribunal especialmente creado por la ONU en Aurusha, la capital de la vecina Tanzania. Una de ellas pertenece al cura Athanase Seromba, condenado a 15 años de prisión en 2006 por asesinar a 2000 de sus fieles. Según la condena de la corte internacional, el sacerdote convenció a su congregación –de mayoría tutsi– de esconderse en su iglesia para salvarse de las milicias paramilitares hutus que arrasaban un pueblo tras otro. Una vez que todos estuvieron adentro, Seromba ordenó que trajeran topadoras y tiraran abajo la iglesia. Los que lograron sobrevivir al derrumbe fueron ultimados por los vecinos con machetes y pistolas.

«  OPINIÓN -las lecciones del genocidio » Sergio Galiana | Secretario Académico Depto Historia UBA   El 7 de abril se cumplieron 20 años del inicio del genocidio en Ruanda, que en unos 100 días dejó un saldo de 800 mil muertos (más del 10% de la población del país) ante la inacción de gran parte de la comunidad internacional. ¿Por qué decenas de miles de ruandeses identificados a sí mismos como hutus se convirtieron en genocidas de sus vecinos? ¿Por qué el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas no impidió la masacre cuando sabía fehacientemente lo que estaba sucediendo? ¿Es posible que otros conflictos en el continente desaten nuevos genocidios? Para responder estas preguntas es necesario un breve repaso histórico. Una característica de las formaciones sociales africanas precoloniales –especialmente al sur del Sahara– era la porosidad de las identidades colectivas: no es que no existieran diferencias entre grupos sociales sino que estas no reclamaban una lealtad absoluta al tiempo que podían modificarse con el tiempo. La dominación europea utilizó esas diferencias y las volvió rígidas para crear divisiones y consolidar jerarquías, con el objetivo de asegurar el control sobre la población local; este mecanismo creó también una élite nativa cuyos intereses se volvieron solidarios con la reproducción del orden impuesto, que en la mayoría de los casos no se desarticuló tras las independencias. En los estados poscoloniales muchas veces las élites utilizaron esas diferencias culturales (étnicas, religiosas) para dirimir las luchas políticas, dando origen al tribalismo. De esta manera fue posible construir enemigos internos siguiendo líneas identitarias. En el caso de Ruanda, la élite de origen hutu –en el poder desde la independencia en 1962– utilizó el antagonismo entre hutus y tutsis construido por los conquistadores alemanes y refinado por sus sucesores belgas para legitimarse frente a las demandas de opositores tutsis y hutus. La estrecha relación con las potencias occidentales (el presidente Juvenal Habyarimana, en el poder entre 1973 y 1994, era amigo personal de François Mitterrand) dio grandes beneficios a esa élite al tiempo que explica no sólo el silencio inicial ante el genocidio por parte del Consejo de Seguridad –donde dos ex potencias coloniales tienen el derecho de veto– sino también la intervención posterior dirigida por Francia que terminó protegiendo a fuerzas que habían participado de las matanzas. Las bases del genocidio se encuentran en prácticas que se remontan al período colonial pero no alcanzan a explicar por qué en ocasiones se desató la violencia interétnica y otras veces estos conflictos se resolvieron mediante la negociación política. Para analizar este punto, y pensar si los actuales enfrentamientos interétnicos en Sudán del Sur o interreligiosos en Nigeria pueden degenerar en nuevos genocidios, es necesario tener en cuenta las tradiciones políticas locales, las relaciones –y los intereses– de los actores regionales y de las grandes potencias y el compromiso de la comunidad internacional para combatir la impunidad de quienes cometieron delitos de lesa humanidad.

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